Un día, tomé la decisión de, como muestra de mi eterno y estable amor, darle mi virginidad y fue especial. Obvio, no puedo decir que el tipo fue la locura en la cama, porque quién a la primera. Pero yo moría de amor; me sentía tan nerviosa pero decidida. Lo hicimos en la sala de mi casa a la madrugada, con mis abuelas en la casa, mi mamá y mis hermanos… —obvio, a las 2:00 a.m. y todos dormían— aún me pregunto cómo carajos no nos descubrieron. Fue una muestra de amor, pero ahora pienso, no sé por qué crecemos en una sociedad donde debemos demostrar, debemos luchar, debemos, debemos, debemos y, a la final, cuando envejeces es que te das cuenta que no “debemos” nada; debemos es vivir, solo eso. Pero sin desviarme, al otro día se fue. Me levanté con la sensación de que no estaba; yo, con el ojo hinchado de tanto llorar, solo corrí a mi ventana para leer el grafiti que me prometió escribiría en una pared frente a la ventana de mi habitación… era de esos amores bonitos, que vives y lloras y te duelen, pero, con el pasar de los años, sonríes porque a la final es del putas vivir todo eso. Hoy, después de dieciocho años, aún recuerdo exactamente lo que esas dos paredes prometían. 

Fueron largos meses, especialmente al principio, y cada vez que regresaba, se “tenía” que devolver. Pero, cuando crees tanto en el amor, esperas a que tu pareja actúe como tú lo harías, y eso es uno de los errores más grandes. Yo era muy caprichosa, y no precisamente porque fuera una niña de cuna; no sé si fue la falta de una figura paterna, aún no encuentro a qué o a quién culpar, pero, hoy en día, aunque suene bastante “vainilla”, agradezco cada una de las lágrimas, de los errores, de las estupideces y las desilusiones vividas. 

A punta de cartas, llamadas cada fin de semana e ilusiones, sobrevivió el amor a distancia entre Alan y yo por tres años. Se me salía el corazón cada vez que lo escuchaba o cada vez que recibía sus cartas. Aunque no fui la más fiel, tampoco soy la mártir en esta situación y menos mal que no, porque me puedo dar el lujo de decir que mis heridas me las lamí yo sola y que nadie me quita lo bailado.

Tenía diecisiete años y era súper coqueta, me encantaba bailar y tener miles de amigos… lo normal. A esa edad, no eres selectivo y cualquier chica incondicional se convierte en tu mejor amiga, siempre y cuando pueda salir e ir a donde tú vayas. Y habían más chicos y yo iba creciendo, y aunque todo el mundo que me rodeaba sabía de mi amor con Alan, eso no me quitaba que uno u otro chico me gustara, y sí, apareció un man que bailaba delicioso, era la sensación en las fiestas y terminé rumbiándome con él y un disque “gran amigo mío” terminó contándole a Alan. Eso fue en el primer semestre que tuve novio a distancia, yo soy la prueba viviente de que vivir de un amor a distancia, sufrir y esperar no sirve de nada; es una pendejada vivir de ilusiones, además porque el papel y los mensajes de texto pueden con todo, y ya imagino a la que me esté leyendo, pensando en que su relación es diferente porque se aman de verdad, pues no, amor + distancia no son una buena combinación. Fueron tres años muy inestables… no hay mucho que detallar sobre eso. 

Era muy débil e insegura, muy delgada y me criticaban y se burlaban muchísimo de mi, eso me hacía aun más dependiente de la aprobación de los demás. Aún no entiendo por qué en el colegio no ves una materia que te enseñe a controlar tus emociones, a hacerte más fuerte y más segura de ti misma. Deberíamos aprender a temprana edad a no DEPENDER de nadie, y sobre todo, a controlar nuestras emociones para que ellas no nos controlen a nosotros. 

Volviendo a mi torturoso año 2015, me mudé; conseguí en renta un apartamento muy bonito, recién remodelado para Elena, mi mamá y Ana, mi hija (de la cual, obviamente, les hablaré más adelante) y estaba muy emocionada, pues era un nuevo comienzo sola, con ellas dos y, según yo, “un nuevo amor” que estaba esperando a que yo lo encontrara, o él me encontraría a mí. Estaba dichosa, era un nuevo comienzo, independiente, con vida social activa, trabajo en el cual yo manejaba mi tiempo… ¿qué más podía pedir? ¡A la mierda Alan!, pensé. Pero la emoción se empezó a desvanecer. El trabajo no era tan rentable, los amigos ya no eran tan constantes, y la soledad empezó a pegar duro y a pasarme factura. Para rematar, mi autoestima cada día bajaba más porque, seré muy honesta, estaba acostumbrada a tener a alguien a mi lado. Alguien con quien sentirme segura, sentirme bonita, sentirme importante… qué error tan *$@/@;’?($, ¡y me metí en “la relación” más tóxica de toda mi vida!

Aún no lo creo, es que qué falta de amor propio el mío: fueron los cinco meses más absurdos de toda mi vida y, aunque no me lo crean, duré culpándolo a él de mi dolor por el siguiente año. Y luego otro chico me coqueteó y caí ilusionada… ¡¿pero en qué estaba pensando yo?! El man era menor que yo, ocho años, para ser exacta, soltero, solo pensaba en rumbear, universitario… o sea, ¿hasta dónde me iba a llevar la necesidad de sentirme amada por todos menos por mi? 

Tenía una rutina de trabajo de lunes a viernes y, entre ser mamá, hija y trabajo, se pasaban los días, pero me seguía convenciendo a mí misma que me sentía “fuerte”. Los fines de semana, a veces desde el jueves, siempre sacaba mi mejor pinta a ver quién se me acercaba y tenía planes con mis amigos más cercanos, esos que estuvieron ahí y me secaban las lágrimas cuando Alan se había ido… y así pasaban los días de independencia y falso renacer, pero, en realidad, vivía anestesiada porque su ausencia me hacía sentir vacía.

—Mia.

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